La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan
de la salvación, porque «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se
hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba
de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de
su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!». (Gál 4, 4-6)
María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de
este acontecimiento: la Anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en
circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo
destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). María «se
conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo» (Lc
1, 29)
…En el misterio de Cristo, María está presente ya «antes de la creación del
mundo» como aquella que el Padre «ha elegido» como Madre de su Hijo en la
Encarnación, y junto con el Padre, la ha elegido el Hijo, confiándola
eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de un modo
totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este «Amado»
eternamente, en este Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra
toda «la gloria de la gracia». A la vez, Ella está y sigue abierta
perfectamente a este «don de lo alto» (cf. St 1, 17). Como enseña el
Concilio, María «sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él
esperan con confianza la salvación».
Si el saludo y el nombre «llena de gracia» significan todo esto, en el
contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la elección de María
como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia
indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido
elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es fundamental
para el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la
humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de
hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del
todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en
el misterio de Cristo. (Juan Pablo II en su Carta Encíclica «Redemptoris
Mater»)
>regresar
>subir
«... separad si podéis al Hijo de la Madre" —proclama Mons. Roca
y Boloña 37 . Y es verdad que María está unida y asociada a la
figura de su Hijo. Y esta unión se nutre en el amor, hasta el punto
de que el predicador puede llegar a decir que la caridad ardiente
identifica «en una sola aspiración el alma de Jesús y el alma de
María, haciendo palpitar el corazón de la Madre con una palpitación
armónica al corazón del Hijo ...» 38
Hay tal unidad de amor entre Jesús y María, que son compartidas
todas las dimensiones de la vida humana. Nada de lo que pasa por el
alma del Hijo le es ajeno a la Madre; de igual manera, el alma de
ésta es transparente para el corazón del Hijo.
«... los corazones de Jesús y María no están separados: un solo
afecto los une; sus alegrías y sus penas, sus desconsuelos y sus
esperanzas son vínculos que los estrechan, no son límites que los
apartan. Así los dolores de Jesús son los dolores de María:Dolor
filiu erat dolor meus, quia cor filiu erat cor meum [El dolor
del hijo era mi dolor, pues el corazón del hijo era mi corazón]; y
la misma espada, que atraviesa el alma del Redentor, hiere el alma
de su santa Madre» 39 .
El amor maternal de María es entrega total a la persona de su Hijo.
Siendo Madre de Dios, este amor reviste en ella un carácter
absoluto, ausente en cualquier otra relación afectiva entre una
madre y su hijo, que no puede hacerse absoluta sin menoscabar el
amor que, en justicia, se le debe a Dios, al cual debe estar
subordinado toda relación de amor. Sin embargo, en María es posible
este carácter absoluto en el amor a la persona de su Hijo, pues éste
es Dios.
«Siendo su Hijo el mismo Dios, puede profesarle un amor sin límites:
siendo Dios su Hijo el corazón paga, en un solo tributo, el de la
gracia y el de la naturaleza. Estos dos amores no son dos
corrientes, que pueden o no encontrarse en su término: son más bien
un río caudaloso que brota de la fuente del corazón de María. Su
amor es un culto perfectísimo, que nunca degenera, y que no
encuentra límites, ni de parte del objeto amado, ni en sí mismo,
pues aunque como criatura no es infinita en sus afectos, adquiere,
en sentir de Santo Tomás, una especie de infinidad, por la sujeción
a la voluntad divina» 40 .
María centra su vida en la de su Hijo. Y por eso mismo su amor se
dirige también hacia toda la humanidad redimida. Su especial
asociación a los misterios de Dios por la maternidad divina tiene
también consecuencias con respecto a todos los hombres.
____________________
Notas:
37 Panegírico de la Virgen Santísima, p.219.
38 Panegírico del dulce nombre de María, p.243.
39 Panegírico de los dolores de María Santísima, pp.338-339.
40 Allí mismo, p.338.
Mons. José Antonio Roca y Boloña Perú, 1834 - 1914
Los sermones marianos de Mons. José Antonio Roca y Boloña
Durante la segunda mitad del siglo antepasado, la presencia
católica se hizo sentir en el Perú a través de una serie de
iniciativas que aunaron los esfuerzos de laicos comprometidos y de
presbíteros y obispos, quienes veían como una necesidad primordial
evangelizar el ámbito social en que se movían. En estas iniciativas
destacan varias publicaciones periódicas que buscaron difundir el
pensamiento católico, y que tuvieron amplia difusión en su época.
Como figura importante del periodismo católico en el Perú del siglo
XIX está Mons. José Antonio Roca y Boloña, quien destaca
también por otras múltiples cualidades: por sus dotes de orador —que
le facilitaba el hacer llegar la Palabra de Dios a los corazones—,
por el ejercicio ejemplar de su ministerio sacerdotal, por su
intensa labor social —buscando aplicar los principios del Evangelio—
y por su abnegada labor patriótica en momentos difíciles para la
comunidad nacional.
>subir

"El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María están tan unidos a la Divina Voluntad, que realmente son uno mismo.”
“No solamente es la Virgen Bendita el primer objeto, después de Dios, del
amor ardiente del Sagrado Corazón de Jesús, sino que el Sagrado Corazón es
realmente el Corazón de María por cinco razones principales:
1. Porque el Padre Eterno le ha dado a Ella el Corazón de Su Único Hijo,
como un padre da el corazón de un hijo a su madre.
2. Porque el Hijo ha dado Su amorosísimo corazón a la más admirable
de las Madres.
3. Porque el Espíritu Santo le ha dado a María el verdadero espíritu de
amor que une a la Santísima Trinidad en el Sagrado Corazón de su Hijo. Estas
Tres Personas Divinas, continua y eternamente dan a María el adorable
Corazón de Dios-Hombre, para que Ella nos pueda dar el regalo más precioso,
el Sagrado Corazón de su Hijo Divino.
Alabanzas constantes y eternas sean dadas al Padre, al Hijo, y al Espíritu
Santo, por este infinitamente precioso regalo que le han dado a nuestra
Madre Bendita, y a través de Ella, a nosotros. Oh Santísima Trinidad, te
ofrezco el adorabilísimo Corazón de Jesús y el amorosísimo corazón de Su
Madre, en acción de gracias por la infinita bondad a mi favor. También
Te ofrezco, en unión con esos dos amabilísimos Corazones, mi propio indigno
corazón, junto con los corazones de todos mis hermanos, suplicándote
humildemente que tomes posesión de ellos para siempre.
4. La razón por la que el Sagrado Corazón es verdaderamente el Corazón de
María, es que el Padre Eterno, habiendo considerado a la Virgen Bendita
desde el instante de su concepción, como la elegida para ser la Madre de
Dios, le dio desde el primer instante de su vida un amor similar a Su Amor
por Su Divino Hijo. De acuerdo a muchos teólogos, María tenía más amor
por Jesús desde ese momento, que el que todos los Serafines tendrán por
siempre. Por lo tanto, el amor incomparable de María por Jesús, lo condujo a
su vientre sagrado y a su Corazón, para quedar ahí eternamente como Corazón
de su Corazón y como un Sol Divino que emite su luz celestial a su alma y la
inflama con fuego divino.”
(“El Sagrado Corazón de Jesús” de San Juan Eudes)
De
la Encíclica Ad Diem Illud Laetissimum.
Sobre la Devoción a la Santísima Virgen María.
Papa Pío X. Febrero de 1904.
María es el camino más seguro hacia
Jesús
La razón por la que el quincuagésimo aniversario de la proclamación
de la inmaculada concepción de la Madre de Dios debe provocar un
singular fervor en el pueblo cristiano, radica para Nos sobre todo
en lo que ya Nos propusimos en la anterior carta encíclica:
instaurar todas las cosas en Cristo. Pues ¿quién no ha experimentado
que no hay un camino más seguro y más expedito para unir a todos con
Cristo que el que pasa a través de María, y que por ese camino
podemos lograr la perfecta adopción de hijos, hasta llegar a ser
santos e inmaculados en la presencia de Dios? En efecto, si
verdaderamente a María le fue dicho: Bienaventurada tú que has
creído, porque se cumplirá todo lo que el Señor te ha dicho [4], de
manera que verdaderamente concibió y parió al Hijo de Dios; si
realmente recibió en su vientre a aquel que es la Verdad por
naturaleza, de manera que engendrado en un nuevo orden, con un nuevo
nacimiento se hizo invisible en sus categorías, visible en las
nuestras [5]; puesto que el Hijo de Dios hecho hombre es autor y
consumador de nuestra fe, es de todo punto necesario reconocer como
partícipe y como guardiana de los divinos misterios a su Santísima
Madre en la cual, como el fundamento más noble después de Cristo, se
apoya el edificio de la fe de todos los siglos.
¿Es que acaso no habría podido Dios proporcionarnos al restaurador
del género humano y al fundador de la fe por otro camino distinto de
la Virgen? Sin embargo, puesto que pareció a la divina providencia
oportuno que recibiéramos al Dios-Hombre a través de María, que lo
engendró en su vientre fecundada por el Espíritu Santo, a nosotros
no nos resta sino recibir a Cristo de manos de María. De ahí que
claramente en las Sagradas Escrituras; cuantas veces se nos anuncia
la gracia futura, se une al Salvador del mundo su Santísima Madre.
Surgirá el cordero dominador de la tierra, pero de la piedra del
desierto; surgirá una flor, pero de la raíz de Jesé. Adán atisbaba a
María aplastando la cabeza de la serpiente y contuvo las lágrimas
que le provocaba la maldición. En ella pensó Noé, recluido en el
arca acogedora; Abraham cuando se le impidió la muerte de su hijo;
Jacob cuando veía la escala y los ángeles que subían y bajaban por
ella; Moisés admirado por la zarza que ardía y no se consumía; David
cuando danzaba y cantaba mientras conducía el arca de Dios; Elías
mientras miraba a la nubecilla que subía del mar. Por último -¿y
para qué más?- encontramos en María, después de Cristo, el
cumplimiento de la ley y la realización de los símbolos y de las
profecías.
Pero nadie dudará que a través de la Virgen, y por ella en grado
sumo, se nos da un camino para conocer a Cristo, simplemente con
pensar que ella fue la única con la que Jesús, como conviene a un
hijo con su madre, estuvo unido durante treinta años por una
relación familiar y un trato íntimo. Los admirables misterios del
nacimiento y la infancia de Cristo, y, sobre todo, el de la asunción
de la naturaleza humana que es el inicio y el fundamento de la fe ¿a
quién le fueron más patentes que a la Madre? La cual ciertamente, no
sólo conservaba ponderándolos en su corazón los sucesos de Belén y
los de Jerusalén en el templo del Señor, sino que, participando de
las decisiones y los misteriosos designios de Cristo, debe decirse
que vivió la misma vida que su Hijo. Así pues, nadie conoció a
Cristo tan profundamente como Ella; nadie más apta que ella como
guía y maestra para conocer a Cristo.
De aquí que, como ya hemos apuntado, nadie sea más eficaz para unir
a los hombres con Cristo que esta Virgen. Pues si, según la palabra
de Cristo, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, solo Dios
verdadero y al que tú enviaste, Jesucristo [6], una vez recibida por
medio de María la noticia salvadora de Cristo, por María también
logramos más fácilmente aquella vida cuya fuente e inicio es Cristo.
_____________
Notas:
[4] Lc. 1, 45.
[5] San León Magno, Serm. 2 de Nativ. Domini. c. 2.
[6] Jn., 17, 3.
>subir
