Desde siempre, y en todas partes, la religiosidad popular se ha
interesado en fenómenos y hechos extraordinarios, con frecuencia
relacionados con revelaciones privadas. Aunque no se pueden circunscribir al
ámbito de la piedad mariana, en esta especialmente se dan las "apariciones"
y los consiguientes "mensajes."En este sentido recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “A lo largo de
los siglos ha habido revelaciones llamadas ‘privadas’, algunas de las cuales
han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no
pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de ‘mejorar’ o
‘completar’ la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla
más plenamente en una cierta época de la historia.”
Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus
fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye
una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia"
(Congregación para el culto Divino y disciplina de los sacramentos.
Directorio de la piedad popular y la liturgia)



El Mensaje de Fátima
Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo
de los acontecimientos humanos y a
compañan
el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas
manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben
confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre
que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a
Él con devoción filial.
El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se
haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros
del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la
historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta
este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar
al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la
Iglesia Católica dice a este respecto: «Sin embargo, aunque la Revelación
esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe
cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los
siglos» (n. 66).
Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el
progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de
despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos:
«Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando
venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues
no hablará por su cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y
os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 12-14). En este contexto es posible
entender correctamente el concepto de « revelación privada », que se refiere
a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el
Nuevo Testamento… Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo
de la Iglesia Católica: « A lo largo de los siglos ha habido
revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas
por la autoridad de la Iglesia... Su función no es la de... “completar” la
Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente
en una cierta época de la historia » (n. 67).

Se deben aclarar dos cosas: La revelación privada es una ayuda para la fe, y
se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación
pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al
respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las
beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe
católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera
posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana,
según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y
piadosamente creíbles ». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor
de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación
eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje
en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres;
es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma
prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di
una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en
particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y
vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe
descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de
la misma.
El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su
orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace
autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de
salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente
del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera
del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos
aspectos, suscite nuevas
formas
de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en
todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad,
que son el camino permanente de salvación para todos.
Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo
de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren
para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la
liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del
Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación
entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre Revelación y
revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de la
Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio.
La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de
todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La
religiosidad popular es la primera y fundamental forma de « enculturación »
de la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las
indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del
corazón. Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran
necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones
privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada
Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La Carta más antigua de San
Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo
Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una
indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu, no
despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno
» (5, 19-21).
En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía,
que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este
respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la
Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios
para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que
predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea
apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y
del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación
para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es
secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me
afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo
o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de
la profecía con la categoría de los « signos de los tiempos », que ha sido
subrayada por el Vaticano II: « ...sabéis explorar el aspecto de la tierra y
del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta
parábola de Jesús por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio
camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la
fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las
revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en
Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y
a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ahora Papa Benedicto XVI.
¿Qué valor tienen las revelaciones privadas?
Aunque no pertenecen al depósito de la fe, las revelaciones privadas pueden ayudar a vivir la misma fe, si mantienen su íntima orientación a Cristo. El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo. (Compendio del Catecismo de la Iglesia 67)

Postura siempre cautelosa de la Iglesia ante las revelaciones privadas
Las apariciones, especialmente de la Virgen, constituyen un fenómeno
característico de la época moderna. De hecho han sido mucho más frecuentes
que en las épocas anteriores
de la historia de la Iglesia. El origen de
varias e importantes corrientes espirituales tienen su origen en apariciones
concretas de Cristo o de la Virgen. Por ejemplo, la devoción al Corazón de
Jesús, o los movimientos de devoción mariana a partir de la Rue du Bac,
Lourdes, Fátima etc. Es comprensible la actitud cautelosa de la Iglesia ante
tan abundantes apariciones y revelaciones.
La historia le ha enseñado a ser crítica y prudente ante fenómenos en los
que cabe la simulación y el engaño. Por eso exige garantías de credibilidad.
Tal postura cautelosa no es sino la expresión de una doble advertencia. Una
de San Juan: «No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si vienen de
Dios, pues muchos falsos profetas han aparecido en el mundo» . Y otra de San
Pablo: «No extingáis el Espíritu, ni despreciéis la profecía; examinadlo
todo y quedaos con lo bueno» . La Iglesia pide a los cristianos un
asentimiento desde la fe de la revelación contenida en la Sagrada Escritura
y en la Tradición. Con relación a las apariciones y revelaciones privadas,
cuando la Iglesia las juzga fiables por los testimonios y argumentos que hay
en favor de su autenticidad, las permite como algo que puede ser creído
piadosamente por los fieles, pero sólo con fe humana.
La expresión "fe humana" quiere indicar que las apariciones o revelaciones
privadas quedan en un ámbito diferente al de la fe con la que aceptamos la
gran revelación de Dios en Cristo. Esto significa que cualquier cristiano
puede seguir siéndolo aunque no crea en las apariciones o revelaciones
privadas. Esos fenómenos "sobrenaturales", si son auténticos, guardan
relación con la vida cristiana, pero no entran en el ámbito de la revelación
divina sobre la que recae la fe católica. La Iglesia, propiamente hablando,
no aprueba ninguna aparición o revelación privada. Cuando juzga que hay
pruebas a favor de su autenticidad las permite, las puede recomendar
incluso.
No se pronuncia sobre el fondo, sino que discierne si tal aparición o
revelación que suscita
un movimiento espiritual contribuye al desarrollo de la vida cristiana. En
caso afirmativo la Iglesia, por medio del ministerio magisterial de sus
pastores, les da "luz verde", el "nihil obstat" para que puedan ser
aceptadas como "objeto de piadosa creencia" . Tal postura cautelosa de la
Iglesia ante los fenómenos sobrenaturales es prudente y justificable, hoy
más que nunca, dada la proliferación de tales fenómenos y la facilidad con
que mucha gente es proclive a aceptarlos sin el suficiente discernimiento.
La inclinación de los seres humanos hacia lo maravilloso se expresa
frecuentemente hoy en la credulidad ante tantas pretendidas apariciones de
la Virgen. Ciertamente, la Iglesia y la teología admiten la posibilidad de
que lo sobrenatural se manifieste en la historia de los hombres. No se
oponen a las revelaciones privadas. Reconocen que Dios pueda manifestarse,
también por María, para poner de relieve una verdad ya revelada en la
Sagrada Escritura, para corregir desvíos y venir en nuestra ayuda ante
determinados peligros. Son signos extraordinarios de la libre acción del
Espíritu Santo en su Iglesia, expresiones de la dimensión carismática y
profética del pueblo de Dios.
Por otra parte, querer explicar tales fenómenos solamente desde la teoría de
los mitos y por mecanismos del psiquismo de los videntes, o rechazarlos sólo
porque escapan al control de la ciencia, es partir de presupuestos
ideológicos exclusivamente racionalistas, inmanentitas y cerrados. Pero
admitirlos sin un sentido crítico y sin un serio discernimiento es exponerse
a engaños y manipulaciones. Jean Guitton, un intelectual serio y nada
sospechoso ni de credulidad ni de escepticismo, ha escrito: «En nuestros
días, en nuestra época en que las ciencias humanas se desarrollan más que
nunca; cuando el psicoanálisis, la sociología, la metafísica y la psicología
profunda cambian los límites entre lo natural y lo improbable, es necesario
más que nunca que la autoridad eclesiástica se abstenga de pronunciar de
buenas a primeras la palabra "milagro" ante esos fenómenos y sus efectos
espirituales» .
P. Fernando QUINTANO, C. M. Director General de las Hijas de la Caridad.
El Magisterio de la Iglesia
85 "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o
escritura, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el
cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos
en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.
86 "El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su
servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y
con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia
celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca
todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído" (DV 10).87 Los
fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a vosotros
escucha a mi me escucha" (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las
enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.
100 El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido
confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a los obispos en
comunión con él.